
El gigante invisible se despierta a la mañana, y hace las cosas como cualquiera las haría. Camina por el pasillo, directo al baño, medio dormido, con unos arañazos del sueño que tuvo. Si, los gigantes, sean invisibles o no, también tienen sueños.
Se mira al espejo, pero no se da cuenta que es un gigante, y menos invisible.
Él es eso que todos los días observa. Y el espejo está a la altura de su cara, ahora medio dormida.
Claro, nuestro gigante, invisible, también puede verse al espejo. Él piensa, como muchos, que lo esencial es invisible a los ojos.
Más tarde, después del desayuno, sigue estando solo. Así es cuando mejor puede sentirse. La ventaja de saber, con seguridad, no ser observado. Por supuesto, si es invisible, ¿cómo podrían verlo? Sin embargo, lo sienten, y es casi lo mismo. Es en ese momento, cuando se acuerda de que es un gigante.
Todo el día puede transcurrir, entre acordándose y olvidándose de que es un gigante, además invisible.
Pero nunca terminará de entender, porqué tiene que ser así.
Es uno de esos fríos días, que hay que moverse, solamente para no tener frío.
A menos que estuviera todo el día tirado, en la cama, durmiendo.
No, posiblemente tampoco podría. Se nota que frunce un poco el seño al pensarlo. Una partícula en el aire actuó de manera diferente a como lo hubiera hecho, si no habría movimiento en el espacio, en ese preciso momento.
¿Cómo podría estar todo el día, tratando de que pase el tiempo, en una cama? Para eso ni siquiera es necesario estar vivo. Él, el gran gigante invisible, está vivito y coleando al viento. No puede dejar pasar el tiempo de esa manera. Más allá de que parezca imposible, él tiene un motivo.
Pasado el baño, pasado el desayuno, otro desafío: ¿qué hacer, que lo haga más feliz?
Al fin de cuentas, no se siente diferente, y eso es lo que más lo atormenta.
Sale a caminar, tiene que juntar leña, en semejante día, tan frío, tan lleno de cosas, vacío de calor, y lleno de color, un poco de rojo y naranja van a despertarlo.
Es que tiene que pasar el invierno, a lo largo y a lo ancho porque, en primavera, lo espera su dulce y pequeña brisa, tan pequeña que no puede ni abarcar toda su mano, pero que lo acaricia, lo recorre, de punta a punta, hasta regocijarse de compañía. Y él, tan grandote, también aporta su granito de arena, le sonríe todo el tiempo, absolutamente agradecido. Ella lo nota, es como mirar un constante pero suave rayo de sol.
Y eso no es nada poco para ella, tan chiquita, se desborda de tanta sonrisa, hasta que le estalla la panza durante todo la primavera. Después tiene que dejarlo.
Los dos lo pensaron en algún momento, ¿qué pasaría si se queda escondida?.
Pero no se animan, quizás no funcione, quizás se pierdan, y para siempre.
Entonces se va, al final de cada primavera, porque tiene que irse, antes de ser aplastada por una gigante, como su amor, pero violenta gota de lluvia veraniega.
Se esconde debajo de una piedra, bien cerca, y se queda esperando, anhelando, soñando, en el momento en que pueda ver otra vez esa constante, gigante y luminosa sonrisa, invisible.
Tanto podría decirse acerca del gigante y la pequeña, solo ellos se entienden, no tienen óptica.
Sin embargo, todo lo que los rodea, es diferente. Todo depende, de la óptica desde donde se lo mire.

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