En el jardín de casa teníamos una medianera.
Para mis ojos, cuando la veía desde mi pequeña altura, la medianera me resultaba un gran muro. Estaba completamente cubierta de una ligustrina frondosa.
No sé cómo podía pasar, pero la ligustrina era igual de verde y también igual de frondosa, en cualquier momento del año. Era la más mágica de las ligustrinas atemporales.
Un día, muchos en realidad, me paré delante de ella, y la miraba. Hojitas verdes y pequeñitas, infinitas, pegaditas, una al lado de la otra, ocultando el muro de cemento.
El mejor vestido que jamás pudo haber tenido ese muro de cemento, fue la eterna verde ligustrina.
La mañana se sentía suave en mi garganta, los rayos de sol me cegaban un poco y esperaban con paciencia que yo pudiera distinguir las nuevas cosas que querían contarme su forma. La verdad estaba esperando a ser revelada, la mañana me quería contar tantas cosas, pero poco a poco, sin ansiedad.
La mañana quería contarme sus secretos.
Y justo esa mañana los secretos decidieron posarse en mi ligustrina, y me hablaron.
Festejamos nuestro encuentro.
Lástima que no puedo contar lo que me dijeron, es un secreto.
1 comentario:
Sí, mi casa también estaba llena de ligustrina. Encima en una se juntaban tres o más plantas: la ligustrina propiamente dicha, un laurel y una hiedra de hojas anchas, en forma de estrella. Por varios huecos, yo me comunicaba con Martín, mi amigo de la infancia, que vivía justo al otro lado. Pero mi perro la rompió, y terminaron haciendo una parecita... buuuu!
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