Quizás fue el día.
El domingo me inspira sentimientos encontrados.
También pudo haber sido el tren, tan solitario.
Me preguntaba si no me habría equivocado, si no estaría en una realidad paralela, en un tren de domingo al mediodía, en un sueño.
Viajando, mirando por la ventana, se me ocurrió que un día como éste era, propiamente, un día blusero.
¿Cómo sería un día como éste?
Supongo que sería como yo lo veía: nublado, lluvioso, frío, el tren vacío.
La niebla no deja que se recorte el horizonte. Nada tiene límities y todo parece ser más difuso, pero también más cercano. Un día sin límites, un día un poco más flexible.
Las pisadas pegajozas tampoco están seguras de querer desprenderse del piso a cada paso. Quieren estar un poco de tiempo juntas. ¿Quién era yo para separarlas?
Barro, café, mucho.
Chocolates, cigarrillos, whisky.
Por supuesto, siempre de fondo, siempre presente, la música.
Una voz carrasposa, de pozo sin fondo, pero sin eco.
La voz se me iba metiendo, como un bicho, una plaga de bichos, por las orejas.
Un vez que entró la primera, era imposible detener al resto.
Sentía el cosquilleo de los bichos en mi oreja.
Pasos de pequeñas punzadas que nunca se quedaban quietos.
Un ejército de notas llegaba hasta el oído medio y unas pocas se atrevían a desviarse, pasando por las fosas nasales.
Y es gracias a ellas, que pude también respirar ese ejército de notas de mi día blusero.
Respiro esa voz, respiro la humedad.
Huele a pensamientos silenciosos, a verdades todavía no dichas.
Huele a muchos recuerdos.
Y es siempre que siento ese olor, cuando se me punza el corazón.
No todo es tan hermosamente perfecto en este día blusero.
Igual, tiene su mística.
1 comentario:
Me encantó, de una!
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